(la foto, de N. York, mayo 2010)
6 de marzo de 2011
Orejudo, Ellroy, Gabriel
(la foto, de N. York, mayo 2010)
14 de marzo de 2010
Miguel Delibes
10 de febrero de 2010
De túneles
Decíamos ayer. O el otro día.
Volver. ¿Es posible volver a aquel lugar en el que nos equivocamos?. No
¿Es reversible el error? Debería.
8 de febrero de 2010
Volver
¿Nada lo es?
Apartemos a la muerte, por un momento. La muerte es Nada.
La vida es reversible. Nuestras acciones, errores, dolores, dichas, logros. ¿Son reversibles?.
Apartemos también al perdón, otro momento. El perdón sólo calma la conciencia de los errores.
No tengo respuestas. O no todavía. Busquémoslas.
3 de enero de 2010
Profesiones tristes
Me parecen tan tristes.
Me parecen muy tristes los hombres que hacen de Papá Noel a la puerta de algunas tiendas. Los hombres que se pintan de negro para ir en la caravana de Baltasar.
Huyamos de ellos. Huyamos de los circos y de sus payasos. Más estos días, que es Navidad.
1 de enero de 2010
Viajes. Un té.

De modernos. Y Fernández Mallo

No es tan malo no seguir teniendo 20 años.
Oh tiempo, oh pirámides
La vejez (tal es el nombre que los otros le dan)
puede ser el tiempo de nuestra dicha.
El animal ha muerto o casi ha muerto.
Quedan el hombre y su alma.
Vivo entre formas luminosas y vagas
que no son aún la tiniebla.
Buenos Aires,
que antes se desgarraba en arrabales
hacia la llanura incesante,
ha vuelto a ser la Recoleta, el Retiro,
las borrosas calles del Once
y las precarias casas viejas
que aún llamamos el Sur.
Siempre en mi vida fueron demasiadas las cosas;
Demócrito de Abdera se arrancó los ojos para pensar;
el tiempo ha sido mi Demócrito.
Esta penumbra es lenta y no duele;
fluye por un manso declive
y se parece a la eternidad.
Mis amigos no tienen cara,
las mujeres son lo que fueron hace ya tantos años,
las esquinas pueden ser otras,
no hay letras en las páginas de los libros.
Todo esto debería atemorizarme,
pero es una dulzura, un regreso.
De las generaciones de los textos que hay en la tierra
sólo habré leído unos pocos,
los que sigo leyendo en la memoria,
leyendo y transformando.
Del Sur, del Este, del Oeste, del Norte,
convergen los caminos que me han traído
a mi secreto centro.
Esos caminos fueron ecos y pasos,
mujeres, hombres, agonías, resurrecciones,
días y noches,
entresueños y sueños,
cada ínfimo instante del ayer
y de los ayeres del mundo,
la firme espada del danés y la luna del persa,
los actos de los muertos,
el compartido amor, las palabras,
Emerson y la nieve y tantas cosas.
Ahora puedo olvidarlas. Llego a mi centro,
a mi álgebra y mi clave,
a mi espejo.
Pronto sabré quién soy.
12 de enero de 2008
Irlanda
William Butler Yeats nació protestante en Dublín y fue rechazado durante treinta años por Maud Gonne. En 1917 se casó con la hija de Maud, Iseult.
Era nacionalista irlandés, como sabéis. Una de las pocas formas nobles de ser nacionalista, si hay alguna forma noble de ser nacionalista. Acaso. Pero sobre todo fue un estudioso de la mística, la magia, lo que pocos saben. En 1901 escribió que "los límites de nuestros recuerdos se hallan en estado de fluidez y nuestras memorias forman parte de una inmensa memoria, la de la Naturaleza misma". Era lector atento de Blake. Divulgó parte de lo que sabía es sus obras completas.
Otros miembros de esos grupos secretos, subterráneos, le criticaron que hablara lo que sólo ellos debían escuchar.
Creo los irlandeses conocen algunos secretos que no quieren contar. A mediados del siglo XIX eran 8 millones de habitantes. Más de 1 murió durante el hambre de la patata. Casi cuatro emigraron. Dicen que aquellos hambrientos parias apenas llevaban con ellos el espíritu irlandés.
Tal vez fue entonces que hubo reuniones entre algunas sectas con una única conjura. Hacer que los hijos de sus hijos pudieran un día volver de América ricos. Hoy Irlanda es uno de los países más opulentos de Europa.
Es ese tipo de insularidad. La de Islandia. La de Malta. O Groenlandia o Menorca o Madagascar. O Sicilia.
En Sicilia todavía niegan que la mafia exista. En los viejos tiempos, cuando dos hombres de honor, dos miembros de Cosa Nostra, se veían, no podían hablar de su común pertenencia a la la Mafia. Debía ser un tercer mafioso, conocido de ambos, quien debía hacer las presentaciones y llevar la conversación. Uno de los ritos de iniciación es sangrar el dedo índice de la mano con la que se dispara y con esa sangre manchar una imagen sagrada de la Anunciación. Después la imagen se quema.
Me refiero a secretos así.
Creo que Nan Mcarthy, de 73 años, viuda de John Mcarthy, sabía ese tipo de cosas. Nos alojamos en su granja durante 5 días. Su marido está enterrado en un antiguo monasterio franciscano que fue abandonado en 1642. Entre las ruinas, sólo se reproducen las tumbas. Las cruces latinas y celtas. Da mucho miedo. Tengo fotos que no he querido volver a ver. Pero cuando la señora Mcarthy miraba a mi hijo, yo lo protegía entre mis brazos. Y esas noches no dormí.
Pero no. No me haré gaitero. En realidad de Irlanda lo que me gusta es la lluvia lenta, los páramos, la costa sin playas, sin gente. Que Irlanda es la Inglaterra que Inglaterra ya no es.
La de la casa de Dublín en el que sucede el cuento "Los muertos" de James Joyce. Junto al río. Entre un taller mecánico y un pub en el que me bebí una cerveza en vuestro honor un sábado por la tarde.
Mi lectura estos días ha sido Montaigne. ¿No pensáis que los Essais es uno de los diez libros de los que leeríais un página cada día durante toda la vida?
"Odio a muerte parecer adulador; lo que hace que adopte de forma natural un hablar seco, directo y crudo, que tiende a desdeñoso para aquel que no me conoce otra cosa. Honro más a quien menos honores hago; y cuando anda mi alma con gran alegría, olvido los pasos de la apariencia. Aquellos a los que quiero, me ponen en un aprieto si he de alabarlos y soy parco y
huraño con aquellos a los que pertenezco por entero: paréceme que han de leerlo en mi corazón y que la expresión de mis palabras va en perjuicio de mi sentimiento"
Adiós. Amigos.
22 de diciembre de 2007
De reyes, duques y de Brasil
Amigos.
Volví de Brasil. Allí, ya sabéis, las muchachas no hacen top less porque prefieren mostrar, en la intimidad, las marcas del biquini. Eso, dicen, erotiza. En la playa de Copacabana, por la noche, me tomé dos ginebras escuchando un grupo en directo que hacía versiones de Jobim. En la playa de Ipanema hice una foto.
Otro día, mientras cenemos, os cuento más.
“El número de los paganos muertos se elevó a mil quinientos. Los cristianos les abrieron el vientre a todos ellos, encontrando en su interior gran cantidad de oro y de plata; conservaron sus hígados para hacer con ellos medicinas”
El libro Ricardo Corazón de León, Historia y leyenda es un libro temible. Hubo gente muy mezquina en el siglo XII. Felipe Augusto, Rey de Francia. Juan Sin Tierra. Enrique II. Leonor. Hasta este Ricardo. Patán. Venció en dos medias batallas a Saladino y Saladino se rió de él. Fue trovador. Muy malo. Arrogante. Guerrero hasta la locura.
Ahora estoy leyendo la biografía del III Duque de Alba, editada en Atalanta. Un amigo, creo, habló de ella. Babeo.
Leer libros así hace que cueste ir, cada mañana, al trabajo. Que cueste más. Nuestra épica no tiene cronistas.
El nombre de este Duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo, se ha utilizado durante siglos para atemorizar a lo niños de los Países Bajos.
Me molesta mucho que en la tele se rían de la Duquesa de Alba, Cayetana. Es una mujer muy vieja, y en qué familia no ha habido una abuela que dijera tonterías. Pero es que esta mujer se crió en el Palacio de Liria y comió bajo el cuadro de Tiziano que muestra al Gran Duque a los 56 años. Todavía invicto e invicto hasta la muerte. Con el Toisón de Oro. Vestido de negro. Feroz.
A los 5 años su abuelo Fabrique, II Duque de Alba, lo llevó a conocer el barro y el hedor de las batallas.
Su amigos de todos la vida fueron Boscán y Garcilaso de la Vega. Es el Albino de la 2ª Égloga.
Adiós, amigos.
19 de diciembre de 2007
Viento del norte
Da un poco de miedo pensarlo. Hace ya 8 años que fui un lector feroz de Gustave Flaubert. Una tarde de septiembre de 1999, no lo olvido, leí Tres cuentos en los bajos del Hospital Clínico, esperando.
Madame Bovary
Es el libro que más he leído, claro. A pesar de que odio sin límites a Emma Bovary. Acaso sólo se puede comparar al odio que tengo por El Principito. Por eso, cuando me presentan a ese tipo de mujer (ya sabéis, risa aguda, de las que dice “nena”, adjetivan con “mono”, se creen guapas o lo son y ya les basta) pienso, ah, bueno, esta es otra Bovary.
Esa escena de la cópula en el coche de caballos de la que habla Marcos, que yo no puedo leer sin babosearme todo, también le gusta mucho a Mario Vargas Llosa.
Pero aún más me gusta una frase en la que se dice que la habitación de Emma tenía una ventana que daba al viento del norte.
Salammbô
El libro que más me gusta es Salammbô, uno de los del otro lado.
Se sabe que Flaubert era un escritor obsesivo, que podía pasar meses para acabar una frase. Se conoce un caso en el que no se decidía por un tiempo verbal. Pasaron días. Semanas. Viajó. Estuvo en Córcega, en París, gozando de las putas más sucias y de las más exquisitas de la aristocracia. Y allí, crispado y enfermo, encontró la respuesta y volvió a Ruan y continuó. Y la frase podía pertenecer a un libro realista, del lado de Bovary, o a un libro increíble, del lado del San Antonio o de Salammbô. Es un libro que os gustará si os gustan escenas así. “La falange exterminó a placer al resto de los bárbaros. Cuando les acercaban las espadas, tendían el cuello cerrando los ojos. Otros se defendieron a vida o muerte; los mataron desde lejos a pedradas, como a perros rabiosos. Amílcar había recomendado hacer prisioneros, pero los cartagineses le obedecían de mala gana, tan grade era el placer que sentían en hundir sus espadas en los cuerpos de los bárbaros”
Este libro tiene uno de los mejores principios.
“Sucedía en Megara, arrabal de Cartago, en los jardines de Amílcar”.
Yo leo la traducción de Hermenegildo Giner de los Ríos, que fue la primera, en el siglo todavía XIX, muy poco más tardía que la original francesa, y que es la que más le gustaba a Terenci Moix.
La educación sentimental
Lo leí una sola vez, y eso sabemos que apenas es leer. Aprendí la palabra paquebote, ahora veréis. Mi recuerdo es borroso, y tal vez esté confundido. Pero creo que es libro para leer muy joven, cuando todavía se cree que algunos misterios seguirán para siempre. El de la chica que te acompaña en un compartimento de tren, el de la amistad entre hombres. El de la revolución. El de la melancolía. El de un futuro mejor.
Hay un párrafo que me gustó mucho y he releído e hizo que Flaubert me gustara tanto.
“Viajó. Conoció la melancolía de los paquebotes, los fríos amaneceres bajo la tienda, el vértigo de los paisajes en ruinas, la amargura de las amistades truncadas. Regresó. Trató gente, y tuvo otros amores todavía. Pero el recuerdo continuo del primero se los hacía insípidos”.
Ése es de verdad el Flaubert que más me gusta. Creo que sigo leyendo sus libros buscando párrafos así. No conozco otro, o no lo recuerdo, que sea capaz de meter diez años, mil acciones, media vida, en cinco líneas. Ese fragmento aparece en la página 507 de mi edición (Cátedra) y lo lees y todo lo anterior se borra. Literatura, por supuesto. Otro párrafo de ese tipo que me gusta mucho está en el cuento La leyenda de San Julián el Hospitalario. Uno de los que leí en el Clínico aquella tarde.
“Se metió en una tropa de aventureros que por allí pasaban. Conoció el hambre, la sed, las fiebres y los parásitos. Se acostumbró al estruendo de las peleas, a la vista de los moribundos. El viento curtió su piel. Sus miembros se endurecieron al contacto de las armaduras, y como era muy fuerte, valiente, mesurado y avisado, logró sin esfuerzo el mando de una compañía”
¿No os parece imposible escribir así? Yo lo leí, y lo leí, y le pedí al médico que esperara, que los resultados esperaran, que había cosas más importantes. Y los siguientes meses, que no fueron fáciles, me confortaba pensar que yo estaba allí, en el libro, mientras se me endurecían los miembros al contacto de las armaduras.
El libro se titula Tres cuentos, no lo olvidéis, porque si no lo habéis leído o no lo vais a leer, sabedlo ya. Yo os maldigo. Tiene apenas 150 páginas y tardó dos años en escribirlo. Lo publicó en 1877, tres años antes de morir. Después siguió escribiendo, esas cosas de Pecuchet y el otro. Pero yo creo que él ya se sabía acabado. Lo que le tocaba decir estaba dicho.
Como yo ahora.
Adiós, amigos.